Malta, capullito de rosa

“Marta, capullito de rosa”, decía aquel célebre bolero. Hoy, sin embargo, no voy a hablar de Marta, sino de Malta, un pequeño gran país en el corazón del Mediterráneo.

He visitado Malta en numerosas ocasiones y siempre me ha recibido con esa mezcla única de historia y cercanía. Allí he encontrado amigos entrañables y un lugar donde, sin saber por qué, siempre me siento en casa.

La República de Malta está formada por las islas de Malta, Gozo y Comino, junto a islotes como Filfla o Cominotto. Apenas 316 km² y medio millón de habitantes, pero cada piedra y cada calle respiran siglos de historia.

Llegué a Malta por la música, aunque pronto me dejé seducir por su pasado: recorrí sus calles, exploré todos sus rincones y busqué la belleza que se esconde tras cada muralla y cada ventana antigua.

En mi primer viaje me acompañó el cantante tinerfeño Goyo Tavío. Participábamos en el Malta TV International Song Contest, en el teatro-auditorio del Hotel Corinthia Palace, en Attard, muy cerca del Jardín Botánico y del Palacio Presidencial.

Competíamos con un arreglo de la canción maltesa “Kirie Eleyson”, en el que trabajamos mi compañero de estudio Gilberto Martín y yo. Esa noche de diciembre de 2006 superó todas nuestras expectativas: primer premio de interpretación para Goyo y primer premio de arreglo orquestal para Gilberto y para mí. Una alegría inesperada que aún guardo como un tesoro.

El viaje de ida fue agotador —Tenerife, Madrid, Roma, Reggio Calabria y, finalmente, Malta—, pero el cansancio se desvaneció al ver los resultados. El regreso fue más sencillo: Roma, Madrid, Tenerife. Menos horas de vuelo… y los trofeos a buen recaudo en la maleta de mano.

Recuerdo con gracia la escala en Reggio Calabria: no tuvimos que bajar del avión; algunos pasajeros descendieron, otros subieron, y yo vigilaba mi maleta, como si de un guardián se tratara, para que nadie la confundiera.

La mañana del festival, gracias a la amabilidad de los organizadores, Mr. Norman Hamilton y Mr. Robert Cefai, visitamos Mdina, la ciudad silenciosa también llamada Medina. Desde entonces, he regresado varias veces, y cada visita me sigue fascinando.

En aquel certamen coincidí con colegas de Bulgaria, Lituania, Bielorrusia y Malta, a quienes ya conocía de otros festivales, y también conocí a nuevos artistas con los que, con el tiempo, he compartido innumerables proyectos. Muchos de ellos se han convertido en amigos y amigas entrañables.

No puedo dejar de agradecer a Deo Grech, presentador del festival, a todo el equipo organizador, a la familia Agius / Azzopardi por su cálida acogida y por mostrarnos la belleza de su isla, al resto de mis amigos y amigas de Malta, y a Silvia y Bella, de Italia, por aquella amistad que nació de la música.

Bellos recuerdos que, aún hoy, resuenan en mi memoria. Gracias, Norman. Gracias, Robert.