Trabajé durante once años en el Ministerio de Cultura y, posteriormente, en la Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias.
Desarrollé mi labor funcionarial en el entonces Servicio de Patrimonio «Histórico-Artístico» —hoy denominado «Patrimonio Cultural»—, rodeado de arquitectos, arqueólogos, historiadores, restauradores, profesores de Bellas Artes y otros magníficos profesionales. De todos ellos aprendí algo valioso: la mirada atenta, el respeto por el detalle, la conciencia de que cada piedra, cada talla y cada lienzo forman parte de nuestra memoria colectiva. Pero esas vivencias merecen capítulo aparte.
En relación con aquella etapa, y enlazando con el título que encabeza estas líneas, una de mis tareas consistió en fotografiar todas las iglesias, ermitas y capillas de la geografía insular tinerfeña con el fin de inventariarlas y catalogarlas. Se trataba de crear un gran archivo fotográfico que sirviera como base documental para los profesionales del sector, facilitara la redacción de futuros proyectos y aportara soporte gráfico a los expedientes de declaración de monumentos o conjuntos histórico-artísticos que tramitábamos desde el departamento.
Fue un trabajo inmenso, casi titánico, pero también profundamente enriquecedor. Aquella labor me permitió recorrer innumerables rincones de la isla, muchos de ellos apartados y silenciosos; adentrarme en templos que guardaban siglos de historia; observar con detenimiento retablos dorados, imágenes devocionales, artesonados mudéjares y delicadas piezas de orfebrería que, a simple vista, podrían pasar desapercibidas. Cada visita era una lección de arte y de identidad.
Me asombraban las precisas indicaciones que me daba Rafael Delgado Rodríguez, entonces Consejero Provincial de Bellas Artes, cuya memoria visual era prodigiosa. Conocía cada obra, cada lienzo, cada pieza de orfebrería. Recuerdo cómo me advertía: «No olvides fotografiar un lienzo que está enrollado y guardado en la tercera gaveta (cajón) del mueble grande de la sacristía…», y, efectivamente, allí estaba, esperando ser redescubierto.
En aquellas jornadas me acompañaba mi primo y compañero de Salsarrica, Miguel Lemus, hoy tristemente fallecido. Recorrimos juntos cientos de kilómetros, invertimos meses de trabajo y consumimos innumerables rollos de película y diapositivas. Más allá del esfuerzo, fue una experiencia profundamente formativa y humana. Aprendí a mirar con paciencia, a valorar el silencio de los templos vacíos y a comprender que conservar el patrimonio no es solo una tarea administrativa, sino un acto de responsabilidad con nuestra historia y con quienes vendrán después.