150 chicas, 2 amigos y yo

Hace poco me enteré del fallecimiento de dos de mis mejores amigos de juventud: José Álvarez y Julio Álvarez, primos entre ellos, a los que no veía desde hacía bastante tiempo pero fue una noticia que recibí con gran tristeza, de parte de mi amiga Violeta, la viuda de José.

Quiero dedicarle a ellos esta entrada, como recuerdo de los buenos momentos que compartimos durante años, sobre todo en nuestros veranos en Bajamar.

Uno de esos veranos decidimos organizar una excursión para subir al Teide. Siempre me ha gustado el senderismo y cuando otros venían de las discotecas, yo me despertaba temprano para hacernos los 40 kilómetros de pateada dominguera y disfrutar de la naturaleza.

Refiriéndome en concreto a esa excursión al Teide, nos fuimos hasta La Laguna y desde allí a La Orotava donde tomamos otro autobús que iba desde el Puerto de la Cruz hasta El Médano, en sur de la isla, atravesando el Parque Nacional y que nos dejó a pie de Montaña Blanca.

Empezamos a ascender por el zigzagueante camino y, aunque teníamos bastante fondo, era muy cansado subir por la altura a la que estábamos, así que agua, nueces y un poco de chocolate. Seguimos subiendo y llegamos al Refugio de Altavista sobre las tres de la tarde y aún no estaba abierto. Sólo una especie de habitación separada del edificio principal, que supongo dejarían abierta por si alguien se veía en la necesidad de utilizarla para protegerse del frío.

Pues bien, descansamos y disfrutamos de las increíbles vistas que nos ofrecía aquel otero. A media tarde llegó el encargado y abrió las instalaciones.

Sobre las siete de la tarde comenzó a llegar la expedición de 150 chicas estudiantes universitarias que ese día ascendían también en igual excursión, en la que iba una prima de mi amigo Julio y después también, casualmente, entre ellas, estaba una de mis primas. Fue una alegría verla. Una grata sorpresa.

Iban llegando por grupos, realmente extenuadas y a muchas se les hizo de noche y tuvimos que bajar para ayudarlas a llegar al refugio, edificio cuya primitiva construcción data de 1856. Treinta y cinco años más tarde ya fue dotado de mejores instalaciones. En 1950, el Cabildo Insular de Tenerife se
hizo cargo del refugio y se realizó una importante reforma en la primera década del siglo XXI.

Sobre las diez de la noche ya estaban todas sanas y salvas y eso si, muy cansadas. Chistes bromas, cena para recuperar fuerzas y una grata velada.
El baño estaba fuera del edificio principal y, por la noche, hacía bastante frío, aún siendo agosto, ya que estábamos a 3.26o metros de altura y se notaba mucho. Un vaso con agua por fuera un rato y puro hielo.

En cambio dentro, era realmente acogedor el ambiente, tanto en la gran sala como en la habitación.

Diana a las cuatro de la mañana y todo el mundo en fila para ascender al Pico, hasta los 3.718 metros de altitud, el punto más alto de España.
No sé por qué pero las 150 chicas nos tomaron a Julio a José y a mí como guías para el ascenso a oscuras hasta la cima para ver la salida del sol.

Yo era la primera vez que hacía esa ruta, pero, muy decidido, con mi linterna y mi mochila, me puse en cabeza de aquel desfile mañanero, a modo de guía y con un frío que pelaba. Mi instinto, el sendero pisado y las señalizaciones me ayudaron a llegar hasta el maravilloso espectáculo que ofrece la naturaleza  desde ese lugar único.

Tengo que decir que, por aquellos años, no había que pedir permiso para subir hasta el Pico. Hoy en día está más limitado y controlado.

El cráter, olor a azufre y la experiencia de ver amanecer desde un sitio tan impresionante. Al menos una vez en la vida había que hacerlo y la prueba estaba superada.

Más tarde regresamos al refugio y descasamos allí un buen rato después del desayuno para el que fui bien provisto por varias de las compañeras de excursión, compartiendo con nosotros un poco de lo que llevaban.
Llegó la hora de bajar y no quería recorrer el camino zigzagueante por el que había subido. Sé que hoy no se podría hacer y supongo que era hasta peligroso, pero bajé en línea recta, al menos un gran tramo. Eso sí, con las botas hasta arriba de piedras. Es lo que tiene la adolescencia. Fue divertido aunque ahora añado:

Me equivoqué, lo siento, no volverá a ocurrir.

Al llegar a la base de Montaña Blanca ya esperaban varios autobuses para recoger a las 150 excursionistas y se ofrecieron a llevarnos hasta San Cristóbal de La Laguna y dejarnos en el edificio de la Universidad Laboral, punto de destino de los autobuses.

Desde allí tomamos otro autobús de vuelta a Bajamar, donde llegamos sobre las siete de la tarde. Un buen baño, buena cena, a dormir extraordinariamente bien y al día siguiente a planear la siguiente excursión.

¡Juventud, divino tesoro!

A José Nicolas Álvarez y a Julio Álvarez Mallorquín, dos grandes amigos y compañeros de aventuras.
Gracias compañeros, por haberme dejado formar parte de vuestras vivencias y haber disfrutado del mar y de la montaña juntos.
In Memoriam.