Relato: «Verde esperanza»

Verde Esperanza

© Guillermo Albelo

El aire que se respiraba no era todo lo puro que pudiera desearse pero no se
parecía en nada al ambiente contaminado que cada día podía vivirse entre los rascacielos de la gran urbe y donde la gente se entrecruzaba cada mañana con una agilidad casi circense sin apenas tocarse, intentando llegar a sus trabajos.

Era la brisa que llegaba de las montañas cercanas y que nos regalaba su aroma de pino. Mientras tanto, la ciudad seguía con su bullicio, sus obras: las urbanísticas, las de construcción, las de arte y las de caridad, sus centros comerciales, sus centros de ocio, los centros culturales, el centro neurálgico, las neuralgias, las tiendas donde vendían centros de mesa, las mesas de los parques, los parques de bomberos, las iglesias, las mezquitas, las sinagogas y Dios en todas partes, como era de esperar.

Bueno, en todas partes menos cerca de los miles de mendigos que pululaban por callejones, bulevares y avenidas, de los terroristas que ponían bombas en nombre de su propio dios o patria, de los cobardes que humillaban, pegaban y vejaban a sus mujeres, de los que abusaban de menores, de los que comerciaban con jóvenes en el sucio mercado de la prostitución, de los que se enriquecían vendiendo droga a nuestros hijos y destrozando familias y vidas. ¿Cómo podía estar en todos esos lugares y no hacer nada?

Puede ser que tuviera mucho trabajo en los templos escuchando las oraciones y los ruegos de sus fieles. Es posible. Se merecía el beneficio de la duda.

El aire seguía siendo fresco y era agradable ver los estratocúmulos reflejarse en el agua de la pequeña laguna. Parece que allí todavía seguía Dios o al menos le gustaba pasar unos largos períodos de descanso admirando su obra y alejado del mundanal asco.

Estaba claro que no estaba informado de lo que estaba pasando, al menos eso creo, porque de lo contrario, sin lugar a duda, habría vuelto a su trabajo de reparto de amor y sentido común a domicilio, alma por alma.
¿Qué podía hacer yo? ¿Le decía la verdad o lo dejaba disfrutando de la belleza
que Él mismo había creado?
¿Cómo podía yo atreverme a molestarlo? ¿Cómo podía yo decirle que su obra se estaba resquebrajando por momentos y que los que habíamos sido creados a su imagen y semejanza no nos parecíamos a Él?

Esta reflexión me hizo plantearme dos cuestiones: O no éramos sus hijos y de su Creación o Dios no era perfecto.
¿Cómo podría averiguarlo? ¿Tendría que pedirle una prueba de paternidad?
¿Cómo? Si no tenía cuerpo y era sólo espíritu ¿cómo demonios, con perdón, le iba yo a tomar una muestra de ADN.

Todo era cuestión de fe, de felicitarle primero que nada por todo lo bello y
hermoso que había en el Universo y después de llamar a un notario que son los que dan fe. Es lo que yo tenía entendido.
Llamé al despacho del más conocido de los notarios y le pregunté a su secretaria que si era allí donde daban fe y que yo quería algo, aunque fuera un poquito, si no era muy cara. Me contestó que efectivamente el Sr. Notario o “El Nota” como lo llamaba su mujer, podía dar fe pero que era otra clase de fe aunque sus honorarios estuvieran por las nubes, cerca del firmamento. Para colmo se llamaba Ángel.

Al final, me arme de valor y me atreví a dirigirme a Dios, aún sin fe.
Cuando llegué al bello paraje donde estaba, pude verlo. Sé que no tenía cuerpo, pero podía verlo. Parecía extasiado entre las miles de flores, las mariposas, el azul del cielo y junto a un verde intenso que destacaba del resto.

Era el verde esperanza. Nunca había visto nada igual. A Dios tampoco y eso
que me habían hablando bastante de Él, sobre todo cuando la gente se despedía de mí.
La primera impresión fue buena, parecía muy jovial para lo mayor que debía ser. Creo que algún arreglito quirúrgico se había hecho.

Disculpe “Su Diosedad”, le dije, perdone que le moleste. Sinceramente no sabía que tratamiento darle, pues a un simple mortal había que decirle “Su Santidad”, “Reverendísimo”, “Excelentísimo”…, como debía dirigirme a Él.
Supongo que está usted todavía en el séptimo día que es su día de descanso pero es que realmente ha pasado toda una eternidad o más desde que creó todo esto sin presupuesto alguno y con escasos materiales.

Puedes tratarme de tú, me dijo. Realmente no estás hablando conmigo, estás hablando contigo mismo, con tu conciencia. No me estás viendo a mí sino a esa parte de ti que ni tú ni la mayoría de los mortales quiere ver.

¿Ves con claridad este color verde que te rodea? Me preguntó. Es el verde de la esperanza y desde aquí intento que vuestros pequeños cerebros entiendan que no depende de mí sino de vosotros, de la falta de principios, del egoísmo, del amor mal entendido, de no saber ponerse en el lugar de los demás, de la vanidad, de la prepotencia de algunos, de la falta de humildad, de la superficialidad, de querer tener, no de querer saber, de buscar la felicidad en creerse mejor y por encima de los demás diferenciándose pagando más por lo que valía lo mismo.

Nada de eso depende de mí. ¿Qué puedo hacer?
La verdad es que en ese momento me di cuenta de la difícil tarea que el pobre hombre, que diga Dios, tenía.
Ni poniéndose velas a si mismo podría encontrar una solución.
No sé como pero me leyó el pensamiento. Supongo que lo de ser Dios te permite eso y algunos juegos malabares que ningún ser humano podría realizar.
Por eso me dijo, a modo de conclusión: no esperes que yo solucione todos
vuestros problemas. Sé que aún estáis un poco verdes pero ese es el color de la esperanza y por eso espero que algún día podáis entenderos a vosotros mismos y corregir todo eso que os hace humanos.

Con un redundante “adiós Dios” me despedí y trate de alejarme pero aunque me alejaba físicamente sentía que su presencia me seguía rodeando. Ya sé que sólo era mi conciencia, una buena pasada de mi mente, una interferencia en mis pensamientos pero medité todo aquello y creo que voy a empezar a tener fe en nosotros y aunque estamos un poco verdes no voy a perder la esperanza.