28 horas de viaje

Introducción:

En 2004 participé, junto a Montse Dorta, en el Discovery International Pop Music Festival, que cada año se celebra en la ciudad búlgara de Varna, a orillas del Mar Negro.

Ya contaré todo lo acontecido en el festival en otra entrada, ya que ahora quiero centrarme en la finalización del certamen y la vuelta a casa.

La gala para TV fue el mismo sábado de mayo de 2004 en el que otro artista canario (Ramón) defendía su canción en el Festival de Eurovisión, que se celebraba no muy lejos de donde nos encontrábamos, en Estambul, al otro lado del Mar Negro, o «Cherno More» como se dice en búlgaro.

Capítulo 1: La sorpresa

La vuelta la teníamos el domingo a las 10 de la noche y el itinerario era: Varna – Bruselas, con Tui y, a las dos de la tarde del día siguiente dos vuelos: Bruselas – Madrid y Madrid – Tenerife, con Iberia.

Aprovechamos el domingo para recorrer la ciudad y nos recogían a las 8 de la tarde para ir al aeropuerto. Nosotros, haciendo tiempo en el hotel, esperando que nos recogieran por parte de la organización del festival.

Llegaron puntualmente y unos veinte minutos después ya estábamos en el aeropuerto.

Cual fue nuestra sorpresa cuando al llegar a la terminal nos dijeron que  se había adelantado el vuelo y que ya estaba cerrado (charters no «please»). Que saldría en 30 minutos y ya no podíamos subir. Seguramente habrían ocupado nuestros asientos con gente que pudiera haber en lista de espera.

Por más que rogamos y suplicamos fue imposible. El aeropuerto de Varna es más bien pequeño y con no demasiado movimiento, así que hubiera sido fácil facilitarnos el acceso pero nada, que no cedieron.

Como mi compañera Montse, además de canto, estudió teatro, le dije que llorara un poco pero aquella gente seguía inamovible en su decisión, así que los organizadores que nos acompañaban llamaron al director del festival y se acercó al aeropuerto para echarnos una mano e intermediar pero finalmente el avión salió sin nosotros.

En mi desesperación, le dije al director del festival: Simeón, el ex-Rey de Bulgaria y, en esas fechas, Primer Ministro, tenía una casa en mi misma calle, a cien metros de la mía, en Tenerife. ¿Lo conoces, tienes contacto, a ver si puede interceder? Pero no. Iluso de mí. Con el tiempo me hace gracia la reacción que tuve con semejante pregunta. Lo que hacen los nervios.

Capítulo 2: Buscar soluciones

Ante la imposibilidad de tomar el vuelo, buscamos rápidamente una alternativa: tomar el autobús de las doce de la noche de Varna a Sofía, así que el director del festival no llevó personalmente a la estación de autobuses y compramos los billetes.

Seis horas de carretera, con dos paradas, una para recoger pasajeros en otra ciudad y otra, la clásica para ir al «pipi-room» y tomarte un café. Ni Montse ni yo nos bajamos.

A las seis de la mañana, con total puntualidad, llegamos a Sofía, dónde nos recogería Cristo, un conocido cantante que había actuado en el festival y vivía en la capital. Él había regresado en su coche el día anterior por la mañana.

Rápidamente los taxistas de la estación de autobuses nos preguntaban si necesitábamos servicio y le comenté a uno de ellos que vendrían a recogernos, pero después de diez minutos de espera y ante la urgencia de solucionar los vuelos que faltaban, accedimos a que el taxista nos acercara al aeropuerto.

Era todavía la antigua terminal que me recordaba a la de Los Rodeos (Tenerife Norte) allá por los años sesenta.

Empezamos a buscar vuelos para ver que combinaciones había para poder llegar a Bruselas antes de las dos de la tarde que era cuando teníamos el vuelo desde la capital belga hasta Madrid.

Nuestra primera opción fue buscar un vuelo directo a Madrid pero justo ese día no había, así que optamos por un vuelo a Frankfurt con Bulgaria Air y después tomaríamos otro de Lufthansa desde Frankfurt a Bruselas, aunque los vuelos no estaban conectados.

El primero lo pagué pasando mi tarjeta por una antigua «bacaladera» y el segundo, de Lufthansa, mediante el «datáfono» que me ofrecieron.

Gracias a que en Bulgaria es una hora más que en Alemania, contábamos con esos sesenta minutos de ventaja para la conexión, aunque tuvimos que esperar a recoger equipaje, volver a facturar y correr a través de los pasillos del  descomunal aeropuerto de Frankfurt hasta la puerta de nuestro segundo vuelo del día.

Llegamos a Bruselas con tiempo suficiente para poder tomar el vuelo que previamente teníamos y que, como dije, salía a las dos de la tarde para Madrid y después en conexión hasta mi isla, aunque con otras cuatro horas de espera en Barajas para el vuelo a Tenerife Norte.

En Bruselas aproveche para llamar a mi esposa Elena para contarle un poco nuestra odisea ya que no le había dicho nada antes para que no se preocupara.

La conclusión es que llegué a mi casa a las diez de la noche del lunes (las doce en Bulgaria), habiendo salido a las ocho del domingo, del Hotel Park Boulevard en Varna (las seis en Canarias), por tanto, veintiocho horas de un cansadísimo viaje desde la tierra de los tracios hasta la de los guanches.

Capítulo 3:

¡Por fin en casa! ¡Que felicidad!